La lucha por sobrevivir en la temible soledad
El señor Onega parecía ser un hombre como cualquier otro, de tez morena, delgado y con ojos risueños y achinados al momento de reír, ganándose el apodo de El Chino. El chino vivía en una pequeña pieza en Buenos Aires, donde cada mañana a las seis se levantaba para cebar un mate antes de trabajar. Su área de trabajo era allí mismo, con una cortina que dividía en dos la habitación, sumergiéndose en su oficio como joyero, la cual le daría un reconocimiento incluso en el extranjero por sus detallados y finos trabajos. Sin embargo, muchos desconocían aquella aflicción que no dejaba de perturbar sus pensamientos, como un demonio que ronda en su cabeza y que poco a poco consumía su vida a tal punto de hacerlo insoportable, nada más que la mísera soledad y desespero de no poder ver a su hija.
La vida del chino no parecía tener sentido, al menos no cuando los recuerdos de su pequeña Mimi volvían a su mente. Para él no había nadie que pudiera curarlo de su amargura excepto ella. Los días que iba de pesca para poder disfrutar de la paz, inevitablemente sucumbían ante la posibilidad de la nostálgica vida que tenía con su exmujer y su hija, una familia que pese a no ser perfecta, era lo suficientemente buena para él que le ofrecía la felicidad suficiente. Sin embargo, todo fue desmoronándose justo después en el preciso momento cuando en sus días en la milicia, dejó pasar a una mujer en aquella ruta que vigilaba en Camet, sin suponer el fatal destino que a ella le esperaba y que manchara su nombre al cargar en hombros su vida. Las pruebas eran contundentes, incluso había un cabo era testigo del hecho y El Chino pagó las consecuencias como un chivo expiatorio al tener que pasar cinco años en prisión. Al terminar su sentencia, el verdadero castigo llegaría después.
Blanca, su mujer en esos momentos y su pequeña Mimi, vivían juntos en Mar de la Plata en aquellos días. Blanca era alguien bastante desafiante, la cual le reprochaba a cada momento al Chino por cualquier cosa que le desagrada, aún sin motivo aparente, pero que iba formando un vacío entre ambos. Sin embargo, no todo fue malo para El Chino en esos días. Pese a su desequilibrado matrimonio, habían dos cosas que hacía de su vida algo más apacible, la primera era su oficio como joyero, habilidad que aprendió en prisión gracias a su amigo Pura, un talentoso hombre cuya habilidad para las joyas le ganó una reputación y conocimiento que compartió con el Chino, una íntima amistad y cariño similar a la de un padre con su hijo se formaría en esos duros momentos, la cual perduró incluso cuando este salió de prisión, cuya amistad perduró hasta su muerte aún con las quejas de su mujer. La segunda y más importante desde luego, era el nacimiento de Mimi. Si Pura era un faro, su hija era un sol resplandeciente que le daba vigor a su existencia. Mimi era su motivo de ser y la única que aliviaba aquellos amargos recuerdos del fatídico accidente en la milicia, según le comentaba al doctor, uno de sus amigos de toda la vida al regresar de nuevo a Mar de la Plata después de una solitaria vida en Buenos Aires, y es que, ya había tomado una decisión. El chino no podía soportar más la soledad, por lo que estaba dispuesto a llevarse a su hija. Legalmente él no podía hacerlo, al terminar con su mujer, el juez falló a favor de esta por el pasado conflictivo de él, algo que sucedió de manera imprevista ya que después de la muerte de Pura, El Chino había ido a Buenos Aires para avanzar en su trabajo como joyero, pero para entonces, cuando él quería salvar su relación, Blanca ya tenía una nueva pareja, un tal Enrique, un hombre que parecía no ser el primero, al menos en sus pensamientos, pero la noticia mas devastadora, era el hecho de no ver de nuevo a su querida Mimi.
En una fría y oscura madrugada, El Chino se adentró en lo que era su antigua casa, desafiando así las órdenes del juez, pero que, para él, no era nada al querer recuperar a su hija, pues volver a prisión no parece ser un peor castigo que el no volver a ver a Mimi y seguir pudriéndose en drogas para aliviar su dolor. Así, en total silencio llega hasta al cuarto de la niña, aunque espera hasta el amanecer para despertarla. Ambos se reconocían mutuamente, el amor de padre e hija era palpable, tanto que la pequeña Mimi entendía lo que estaba sucediendo y le siguió sin reprocharle nada, escapando sin que Blanca y Enrique se dieran cuenta, adentrándose a lo desconocido, sin pensar en lo que vendría después. Sin embargo, era claro, nada puede detener el desesperado amor que tiene un padre hacía su hija, sobre todo para un hombre como El Chino, que desesperadamente desafía el destino con tal de tener momentáneamente un poco más de felicidad.
Bibliografía:
Ricardo Piglia (2004) El joyero. Originalmente publicado en La invasión (Barcelona, Anagrama,) Antología personal (2014).

